jueves, 19 de mayo de 2016

El riesgo de la educación emocional para un docente

Voy a contarles una historia que me sucedió hace unos años y que hoy, por motivos personales, he vuelto a recordar. Esta historia la escribo principalmente para aquellos que no entienden. O para aquellos que no quieren entender.

Hace unos años, yo era tutor de un 6º de Educación Primaria. Se trataba de una clase con muchísima diversidad, pero bastante buena en general. Entre los alumnos había una alumna un poco conflictiva. Era bastante mediocre en sus resultados y siempre hablaba a voces y con un lenguaje soez. Casi ningún compañero tenía relación con ella, y yo lo entendía porque era arisca e irascible. Durante el recreo, se sentaba en un banco del patio y se pasaba allí la media hora. En las clases, tenía que llamarle la atención cada dos por tres porque en los trabajos grupales siempre tenía conflictos con un alumno que a ella le gustaba.
En el mes de mayo envié a los alumnos un trabajo en grupo. En un momento determinado vi que esa alumna estaba mirando materiales para comprar por Internet. Aquello me llamó muchísimo la atención, ya que no era algo habitual, y le pregunté si acostumbraba a comprar por la web. Me dijo que sí, y me contó qué cosas compraba y lo tarde que le llegaba todo. A partir de ese día comenzó a venir a mi mesa con frecuencia para preguntarme sobre las tareas de clase. Un día, durante el recreo, se vino hasta donde yo estaba y comenzó a hablarme de su vida; su padre, su madrastra, su hermanastro, su madre… A través de Facebook, me enseñó algunas fotos de familia. Ella siempre aparecía al fondo, como apartada. Un día, como quien habla del tiempo o de la comida, empezó a narrarme el horror en el que vivía. Me contó circunstancias que no voy a reproducir por razones obvias pero que me dolieron profundamente y me hicieron recordar por qué odio y desprecio tanto a los seres humanos adultos. Me pidió que no dijese ni hiciese nada, y yo se lo prometí. Llegó a confesarme que su vida era una mierda. Sin embargo, lo que me horrorizó no fue la frase en sí, sino la sonrisa con que la había pronunciado. Jamás olvidaré aquella sonrisa de haber asumido la derrota.Una mañana durante el recreo, no recuerdo cuándo ni cómo, me cogió de la mano. No le di importancia porque, por lo general, mis alumnos son muy afectivos conmigo y es un gesto muy natural en ellos. Sé que las relaciones de afectividad entre alumnos y profesores no están bien vistas, pero cuando eso desaparezca ya no habrá esperanza ni para la educación ni para la infancia. Dar la mano genera una conexión especial, y jamás se me ocurriría apartarle la mano a un menor que me busca por alguna razón. Dos manos juntas representan una unión, una unión que unas veces es por familiaridad, otras por amor, por amistad, por alegría o, sencillamente, por compartir un inmenso dolor.
Debido a su carencia de afecto y a la confianza que yo le generaba, esta alumna comenzó a cogerme de la mano de manera habitual durante los recreos. Yo sabía que, debido a sus carencias afectivas y a su stock de afecto, me “quería” para ella sola. Se podría decir que, en cierta medida, se excedía en su relación conmigo, me acosaba de algún modo. Y yo se lo permití.
En cuestión de tres semanas, esta alumna pasó de no ser nadie a ser de repente el centro de atención de un maestro respetado -y me atrevo a decir, querido- por la clase. Se había convertido, si no en líder, sí en una persona importante. Como es lógico, yo advertí de inmediato que se había producido un cambio en mi aula. Los alumnos estaban en estado de shock, e incluso algunos de ellos dejaron de acercarse a mí como lo hacían normalmente. Les sorprendía el nuevo estado de cosas. Los celos de algunos alumnos comenzaron a aparecer. Era algo con lo que yo ya contaba.Al cabo de dos o tres semanas, las relaciones en el aula habían cambiado. Esta alumna ya no hablaba a gritos, ni se comunicaba violentamente. Ya no era irascible. Los compañeros comenzaban a pronunciar su nombre, le preguntaban dudas, la tenían en cuenta para las tareas. Se había convertido en visible para los demás. Su confianza había subido de 0 a 100 en cuestión de días. Era feliz. Se sentía con fuerza. “Tenía que haberte conocido antes”, me dijo un día subiendo las escaleras.
Con esta alumna, yo me arriesgué en exceso. Ella representaba toda la injusticia del mundo en un niño, toda la maldad de los adultos en un ser inocente, y yo no estaba dispuesto a observar esa situación sin hacer nada. Me arriesgué por un lado emocionalmente, porque todos sus problemas en casa y sus marcas en el cuerpo pasaron de algún modo también a ser míos. Me arriesgué también en cuanto a la dinámica del aula, ya que algunos alumnos se sintieron desorientados por la nueva situación al ver alterado el orden de fuerzas y lideratos, algo que siempre es un riesgo y que un docente debe saber gestionar con cuidado. Pero, sobre todo, cuando digo que me arriesgué, no me refiero principalmente a que me arriesgué en cuanto a mi estrategia de integración, refuerzo y emotividad hacia ella, sino a que me arriesgué profesional y socialmente.
Yo sé, porque lo sé, que muchos padres me criticaron duramente por la espalda por permitirle a una menor que me cogiera de la mano de manera habitual y yo responder positivamente. Los adultos tienen la insana costumbre de no saber nunca llegar al fondo y quedarse en el gesto. También sé que compañeros míos me criticaron de igual modo, lo que me parece aún más doloroso. Era algo que yo no imaginaba pero que asumí cuando lo supe, arriesgando mucho por mi parte. Yo no podía mirar a esa niña a la cara y decirle que tenía que dejar de cogerme la mano porque esos adultos que nunca se habían preocupado por su sufrimiento y sus moratones, ahora sí se preocupaban por la imagen que ambos ofrecíamos cogidos de la mano en un patio abarrotado de gente. Era algo tan repugnante que ni siquiera me valía como justificación. Ni mi moral ni mis valores me hubieran permitido semejante acto de cobardía.Dicen que quien salva a una persona, salva al mundo. Hace ya algunos años, yo salvé a una persona que me cogió de la mano para no ahogarse en este mundo que no le dio la más mínima oportunidad de ser feliz. De ser alguien. Mi mano la hizo fuerte, le doy confianza, le ayudó a encontrar el camino. Mi mano le hacía caminar sin miedo a caerse.Jamás me han importado los prejuicios sociales, el qué dirán o la imagen que transmito. Como docente, una de mis obligaciones es luchar contra ello todos los días. Esos prejuicios son precisamente la parte de la educación que hace que los niños se conviertan con el tiempo en adultos despreciables. Solo eliminando eso podremos cambiar el mundo. Un mundo donde falta sencillez, emotividad, un mundo deshumanizado que se queda en lo externo, un mundo capaz de juzgar y de señalar sin conocer el dolor ni el sufrimiento que se ve tras una imagen. Sé que habrá quienes no lo entiendan. Y también, quienes no lo quieran entender. Pero qué triste vivir y morir de ese modo.

4 comentarios:

  1. Toni , me ha gustado tu relato y sobre todo tu valentía para tirarlo para adelante. Cada día es más difícil deshacerse de los prejuicios y del " qué dirán ". Un saludo

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    1. Muchísimas gracias por tus palabras, Dasvel. Es una pena que los prejuicios y el "qué dirán" tengan cabida dentro de los centros educativos, ya que precisamente es algo contra lo que debemos luchar desde la escuela.

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    2. Maravillosa vivencia! Podríamos hablar, tengo cosas similares! @j_juiz

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    3. Es una experiencia única, especial y maravillosa, Jorge. También muy exigente emocionalmente. Y una experiencia horrible socialmente.

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