jueves, 6 de noviembre de 2014

Anteponer la desconfianza al aprendizaje: 4 premisas básicas

Hace unos días estuve con un compañero de colegio hablando sobre las dificultades que los alumnos tenían con respecto al aprendizaje de la ortografía en el área de Lengua. Después de varios minutos, ambos coincidimos en que tanto los dictados como copiar textos eran dos estrategias muy válida para aprender a escribir correctamente. En un momento determinado, mi compañero me comentó que después de realizar los dictados, les pedía a sus alumnos que se intercambiasen las libretas con el compañero de al lado y que sacaran el libro de texto para corregir. Le comenté que eso podía resultar muy motivador para los alumnos, pero que yo les pedía que cada cual se corrigiese su propio texto. Mi compañero me confesó que aquello no lo hacía porque fuese motivador, sino porque sabía que si cada uno se corregía su propio texto no serían sinceros con el número de faltas cometidas, y dirían que tenían menos faltas de las que en realidad tenían.
A lo largo de nuestra labor diaria, en infinidad de ocasiones anteponemos la desconfianza al aprendizaje.  Así, muchos de nosotros intentamos vigilar a nuestros alumnos para que no nos engañen antes que preocuparnos de que aprendan. Puede que ante un dictado, un alumno prefiera decir que ha cometido cinco faltas antes que reconocer que ha cometido veinte, pero lo importante no son las faltas cometidas, sino que dentro de un mes cometa menos. En eso radica el verdadero aprendizaje.
Para concienciar a los alumnos sobre la importancia de aprender, tenemos que trasmitirles las siguientes premisas:
  • No somos vigilantes: hay que trasmitir a los alumnos que los profesores no somos vigilantes, somos guías. Sus mentiras o engaños no van destinados a nosotros, sino a ellos mismos.
  • El aprendizaje es individual: debemos hacer entender a los alumnos que ellos son los responsables de sus propios aprendizajes. Los docentes somos los encargados de poner esos aprendizajes al alcance de los alumnos y facilitarles su adquisición, pero quienes tienen que recogerlos son ellos. Una aprende para sí mismo, no para los demás. En eso radica la automotivación.
  • Errar no es un error: errar es la base de cualquier aprendizaje. El aprendizaje no deja de ser un cúmulo de errores que terminan en un acierto. Errar no supone una vergüenza. Por eso, no debemos estigmatizar a los alumnos por los errores cometidos, sino que debemos trasmitirles que deben tomar ese error como base para mejorar.
  • Todos tenemos nuestros puntos de partida: cada uno de nosotros tenemos nuestros propios ritmos de aprendizaje y nuestra base de conocimientos. Atender a la individualidad es atender a esa realidad. Debemos valorar en cada uno de nuestros alumnos su avance o su evolución, no marcar una meta fija a la que deben llegar todos y en el mismo momento. Por ello, no debemos caer en la comparativa.
Si trasmitimos confianza recibiremos confianza. Solo educando en la responsabilidad conseguiremos que nuestros alumnos se responsabilicen. 

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